

Roma susurra su nombre como una acusación. Livia Claudia, viuda de un senador asesinado y heredera de sangre patricia, entra al Foro vestida de luto y compra al hombre condenado por derramar la sangre de su esposo. Todos lo llaman locura. Ella lo llama justicia… o el principio de ella. Cassius, soldado convertido en gladiador y ahora en propiedad encadenada, cree que ella tendió la trampa que lo destruyó. Un medallón con su marca lo condenó. Ahora ella lo posee, y ninguno de los dos puede nombrar qué arde con más fuerza: el odio, la desconfianza, o aquello que ninguno se atreve a pronunciar. Detrás de puertas cerradas y bajo la mirada vigilante de una casa que la teme, Livia debe descubrir quién mató realmente a Tiberius Vettius, antes de que la verdad los sepulte a ambos. Él quiere venganza. Ella quiere a los conspiradores que los traicionaron. Pero cada silencio entre amo y esclavo se vuelve más pesado, cada mirada más peligrosa, y la línea entre captor y cautivo comienza a borrarse. En un mundo donde el poder de una mujer es prestado y la vida de un hombre se compra con plata, lo más prohibido de todo es desearse el uno al otro.