Alisa estaba de pie junto al dispensador de agua de la oficina, presionándose el dedo dolorido contra los labios, balanceándose sobre los talones. Luego metió la mano bajo el grifo de agua tibia de la pequeña pila que usaba para lavar los pinceles, dejando que el agua corriera sobre la herida.
La ampolla era real. No era una alucinación. Era una burbuja de piel dañada, abultada y llena de líquido, de un rojo brillante en los bordes y blanca en el centro. Una quemadura de segundo grado.
Su cerebro, desesperado por recuperar el control de una realidad que parecía torcerse, repasaba frenéticamente las posibilidades. Necesitaba una causa. Necesitaba un hecho.
¿Electricidad estática? ¿Podría acumularse una carga en el metal debido a la atmósfera seca de la cámara? ¿Una descarga capacitiva? Posible. Pero ¿lo suficientemente potente como para traspasar el nitrilo resistente? Improbable.
O… productos químicos.
Sí. Tenía que ser eso. Tim dijo que en el laboratorio les había costado limpiarlo. Debían de haber usado algún solvente industrial agresivo; tal vez un ácido concentrado o una base alcalina cáustica. Si no lo habían enjuagado bien, podría haber quedado algún residuo en las fisuras microscópicas de la piedra. Cuando presionó, la presión liberó una gota del producto químico. Reaccionó con el nitrilo, o quizás con el calor de su piel, provocando una reacción exotérmica. Una quemadura química.
Era plausible. Era científico. También explicaba la sensación de “frío”: los productos químicos a menudo se sienten fríos antes de quemar.
—Incompetencia —siseó, cerrando el grifo y agarrando una toalla de papel—. Pura incompetencia.
Sintió que el pánico empezaba a remitir, reemplazado por una irritación familiar que la devolvía a la realidad. Mañana por la mañana iría al laboratorio de restauración y le cantaría las cuarenta a Tim —y a su supervisor— sobre los protocolos de seguridad. Podría haber resultado herida de gravedad. Podría haberse quedado ciega.
Caminó de vuelta a su escritorio, acunando su mano, sintiéndose ligeramente más segura. El relato de la “negligencia química” era un salvavidas, y se aferró a él.
El locket descansaba sobre su tapete de trabajo, oscuro e inmóvil. Sin el lente del miedo distorsionando su visión, volvía a parecer chatarra. Una joya sucia y rota. La amenaza había desaparecido. Los susurros guardaban silencio. La melancolía aplastante se había disipado, dejando solo su propio y habitual agotamiento.
Rodeó el escritorio, dándole al artefacto un amplio margen.
«Estoy perdiendo la cabeza», pensó, mientras la duda volvía a acecharla.
¿Y si Tim tenía razón? ¿Y si Davies tenía razón? Quizás se estaba desmoronando. El exceso de trabajo, el aislamiento, el peso aplastante de las expectativas… el cerebro era una máquina extraña y frágil. Una reacción psicosomática. Una quemadura histérica (el estigma de la neurótica). ¿Había imaginado el dolor con tal intensidad, creído en la maldición con tanta fuerza por un fugaz segundo, que su cuerpo simplemente había... manifestado la lesión?
Miró su dedo de nuevo. La ampolla brillaba burlona bajo las luces fluorescentes.
No. La quemadura es real. La física es real. La magia no.
—Eso no sucede —le dijo a la habitación vacía—. No en el mundo real.
Se sentó ante su escritorio, pero empujó su silla de ruedas unos metros hacia atrás, creando una zona de seguridad. Tenía que terminar la entrada del catálogo. Tenía que registrar el artículo para poder irse a casa y beberse esa botella de vino que la esperaba en la nevera. Pero no era capaz de volver a tocarlo. Ni siquiera con guantes nuevos. Ni con pinzas.
Simplemente se quedó mirándolo.
El locket yacía bajo la lámpara, su piedra agrietada como un ojo opaco que no ve. El silencio en la habitación se prolongó, espeso y elástico. ¿Era su imaginación, o la sombra que proyectaba el locket se estaba alargando? Parecía estancarse sobre el escritorio, más oscura que las sombras circundantes, extendiéndose hacia su mano como una mancha.
Sacudió la cabeza, cerrando los ojos con fuerza y volviéndolos a abrir. Es solo la luz. Es solo el ángulo.
Tenía que guardarlo. Tenía que volver a meterlo en la caja gris, llevarlo por el pasillo hasta la cámara de seguridad y olvidarse de él hasta la mañana. En la mañana, a la luz del día, lo analizaría en busca de residuos químicos. En la mañana, todo estaría bien.
Alargó la mano hacia la tapa de la caja, con un ligero temblor. Para meterlo en la caja, tendría que tocar el forro de terciopelo, a centímetros de la piedra.
Eres una Doctor of History, Alisa Thoryn. No tienes miedo de una vieja baratija.
Fijó la vista en la piedra, intentando hipnotizarse para cobrar valor. Observó la grieta, esa cicatriz irregular y fea que recorría diagonalmente el Bohemian almandine garnet.
Y en ese momento, mientras miraba, incapaz de apartar la vista, ocurrió lo imposible.
Empezó como un cambio de color.
La fractura capilar, que había sido de un gris apagado y polvoriento, de repente se intensificó. Se volvió negra, luego de un púrpura profundo y rico.
Alisa se inclinó hacia delante, con el aliento contenido en el pecho, olvidada ya su mano quemada. No lo estaba imaginando. La piedra estaba cambiando.
Y entonces, desde el mismo centro de la grieta, como si brotara de una vena punzada o de una herida fresca en carne viva, un líquido empezó a manar.
Desafiaba la gravedad. Desafiaba la geología.
Una sola gota perfecta.
Creció lentamente, formándose como una cuenta sobre la superficie de la piedra opaca y sucia. Brillaba bajo la lámpara del escritorio, captando la luz con un destello húmedo y viscoso. No era transparente como el agua. No era marrón como el aceite.
Era de un escarlata arterial, brillante.
Una gota de sangre.
Alisa se quedó paralizada, con la mente gritando en señal de negación, pero con los ojos negándose a apartar la mirada. La gota alcanzó su punto máximo, pesada y temblorosa. Permaneció suspendida durante un segundo imposible y sobrecogedor, y luego, cediendo a la gravedad, se deslizó por la cara turbia del granate, dejando tras de sí un rastro rojo, húmedo y brillante.
