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Capítulo 2

Martes por la mañana. El radiador hace clic contra mí como una persona que lanza una pequeña crítica repetitiva. Kit se ha ido a un seminario de las ocho; ha dejado el tapón en mi bolígrafo y el rumor-café de ayer sobre el escritorio, la tapa templada en el borde. La cadera sobre la que llevo el bolso está dolorida en el punto blando debajo de la cresta ilíaca, donde mi hermana me dijo que no pusiera un portátil y donde durante veintitrés días he seguido poniendo un portátil.

Abro la hoja de cálculo y añado tres columnas: acceso nocturno al estudio, carga lectiva, eventos públicos en el calendario de Bellas Artes en los últimos veintitrés días. El edificio de arte lo publica todo. También no publica nada que no quiera que yo lea.

En el margen del cuaderno junto al portátil escribo marca. Debajo: no firma. Cierro el cuaderno antes de poder hablarme de ello. El objetivo es moverlo de un pensamiento a una categoría de trabajo, y una categoría de trabajo no es un lugar que visitas; es un lugar donde te apoyas. A las nueve tengo el calendario trazado contra mi columna de fechas. La intersección se estrecha. Tengo hasta las diez de mañana de mañana para enviar a Paul un párrafo, y un párrafo es una frase que construyes desde abajo.

El edificio de Bellas Artes fue una fábrica de máquinas de escribir hace tiempo. Las ventanas altas todavía tienen el sistema de poleas con cadenas y una costra en las esquinas que los equipos de limpieza dejaron de intentar quitar hace mucho; los pasillos huelen ligeramente a aceite de linaza y mantienen una temperatura más alta que el resto del campus. Entro con un bolso de tela del centro de escritura sobre el hombro y un portapapeles que no necesito. La gente habla con los portapapeles.

El tablón de anuncios fuera del estudio principal tiene tres capas de papeles. Convocatoria abierta para una exposición jurada. Se busca modelo, dos horas, veinte dólares en efectivo. Un póster para la revisión de escultura de segundo año el viernes por la tarde, seis nombres en orden alfabético — iniciales y apellidos, sin nombres de pila. T. Maddox es uno. R. Kane no está en él, porque R. Kane pinta.

Hago una foto sin levantar el teléfono por encima de la cadera y sigo caminando.

La risa llega por la esquina antes que su dueño: amplia, fácil, una risa que no se disculpa por existir. El hombre al que pertenece es lo bastante alto para que el marco de la puerta lo obligue a agacharse por costumbre. Piel oscura cálida bajo la luz de las bombillas. Un gorro de lana bajado sobre las orejas aunque solo es octubre. Es más ancho de hombros que la mayoría de los chicos de este piso, y su suéter es grueso y del color de la avena seca, con puños que le cubren las muñecas por completo.

Está con una chica en vaqueros cubiertos de polvo de arcilla, inclinado para leer algo pegado en una puerta. Lo pegado no es interesante. Lo que él dice sí.

—Esa pieza en la pared del dormitorio de tercer año. —Pone la palma plana contra la puerta, luego la retira, como si comprobara la temperatura—. Hace lo que las paredes no hacen.

La chica dice algo que no capto.

—No, escucha. —Más bajo, ahora—. La mayoría de la pintura se queda sobre una pared. Esa se queda en ella. No sé cómo lo hace. No quiero saber cómo lo hace.

Hace un gesto. El puño del suéter se balancea hacia adelante y hacia atrás; el dorso de su mano nunca termina de liberarse de la lana. Escribo alto / piel oscura / gorro / hombros más anchos / 2º o 3er año — conoce al pintor o habla como si lo conociera en el portapapeles, con la letra pequeña que reservo para cosas que no debería escribir donde alguien pudiera leerlas.

Gira desde la puerta y su mirada recorre el pasillo y me atraviesa, como miran los estudiantes de cursos superiores a los de primero cuando no hay motivo para registrar su existencia. La risa se va con él tras la siguiente esquina.

La sala de lectura de Olin está medio vacía a última hora de la mañana. Me siento en una de las mesas largas de roble y abro tres ventanas en el portátil: la lista de Bellas Artes, el calendario académico, mi columna de fechas. Los estudios en la tercera planta de Bellas Artes registran el acceso entre las seis de la tarde y las dos de la madrugada en días laborables; el edificio publica la ventana, que es un tipo de evidencia por exclusión. Nueve obras. Ocho en días laborables, una en domingo.

De mis seis hombres, dos estudiantes de último curso están de residencia en Maine. Su tutora lo mencionó de pasada en los estudios abiertos donde yo participé la semana pasada con una carpeta, y su formulación fue de esas que significan que se habían marchado y no volverían antes de que cayeran las hojas. Tacho a los dos de último curso.

Tres de tercero y uno de segundo. El de segundo es Rivers Kane.

No hay ninguna estrella junto a su nombre ni ningún subrayado. Los cuatro permanecen en la celda donde viven y yo me finjo a mí misma que no estoy mirando a uno de ellos más que a los otros. Mis manos se aplastan contra la madera. El moretón en la cadera presiona donde ha colgado el bolso durante una hora, y lo noto igual que noto un pulso que ya sabía que estaba ahí.

La cafetería del vestíbulo de la biblioteca tiene seis mesas, y una de ellas siempre es de Mark entre las once y el mediodía de los martes. Llevo tres semanas evitándolo ahí. Pido un café solo, y él levanta la cabeza antes de que el barista me entregue la taza. Está en una mesa para cuatro con el portátil cerrado y un libro de bolsillo abierto. El libro está boca abajo. Lo giró mal al sentarse y no lo ha corregido, lo cual es o bien un pequeño accidente o bien un pequeño gesto teatral, y la diferencia es irrelevante.

—Hale. —Me indica el asiento frente a él. No hay motivo para decir que no.

—Me he enterado de lo del viernes —dice—. Lo siento.

—¿Por qué lo sientes? Es una fecha límite.

—Es una fecha límite estúpida. —Sonríe. Tiene una buena sonrisa, lo cual es parte del problema—. Escucha. Si te bloqueas y necesitas un nombre al que llamar, puedes llamarme a mí. Yo encuentro gente. Es lo único en lo que soy bueno.

—¿Encontrar gente?

—La mitad de mi primer año trabajé para un investigador privado. Cosas de paralegal, sobre todo. Pero también. —Un pequeño encogimiento de hombros—. Aprendes a preguntar. A veces un nombre es solo una puerta más a la que llamar.

Saca un sobre de azúcar del dispensador, lo abre con los dientes y lo vierte en el café que se le ha enfriado al lado. Bebe. La imagen de alguien bebiendo café dulce con el estómago vacío me da ganas de mirar a otro lado, y lo hago, hacia el segundo sobre que ha alineado, ordenado, junto a la taza.

—Mark. ¿Me estás ofreciendo ayuda o me estás diciendo que puedes encontrar el mismo nombre antes que yo?

Se ríe. Es una risa amistosa, con dientes limpios.

—Ambas cosas, supongo. La que te sea más útil.

Dejo el café en la mesa cuando me voy. Él se lo quedará.

De vuelta en el escritorio de Stratton, la cama de Kit sigue vacía y el café de los rumores por fin está lo bastante frío para tirarlo. No lo tiro. No he desarrollado un sistema para saber cuál de las pequeñas amabilidades de Kit me está permitido deshacerme, así que aparto la taza un centímetro y me finjo que el centímetro cuenta.

El cartel de mi teléfono se amplía. T. Maddox. El directorio de bellas artes que el edificio conserva en PDF me da a Theo Maddox, segundo año, especialización en escultura, estudio del ala oeste de la segunda planta. Alto. Piel oscura. Gorro de lana. Más ancho de hombros. El tipo de estudiante que habla del pintor como se habla de un amigo cuya obra se admira y no se comprende del todo.

En el margen del cuaderno: Theo Maddox. No es el pintor. Alguien que conoce al pintor. Hablar más tarde.

El pintor, y una lista de cuatro con un estudiante de segundo en ella.

Rivers Kane.

Su nombre ya está en tres lugares en esta habitación y el sistema, tal como está, no necesita un cuarto. El reloj sobre el escritorio de Kit marca las tres y treinta y dos. Paul quiere un párrafo para mañana a las diez de la noche. Tengo hasta entonces para construir la certeza que no he construido todavía o para escribir un párrafo que construya la apariencia de ella. Cojo mi chaqueta y voy a mirar el muro.

La luz es la mala luz: ni crepúsculo ni oscuridad todavía, el aire entre dos registros. El personal de instalaciones ha retirado los focos portátiles para la noche porque la noche todavía no ha llegado, y las lámparas de la fachada sur no se han encendido. La figura del muro está más gris que anoche, más azul en las junturas, menos ella misma por estar desatendida.

Hay una persona en el camino que tengo por delante, a diez metros. Es alto y estrecho y está de pie como te pones cuando has venido a mirar algo en concreto.

Lo correcto sería seguir andando. Lo que hago es detenerme.

Él está mirando el muro como yo miro un borrador que ya he enviado — no ansioso, no orgulloso, en algún punto intermedio entre ¿lo habré hecho bien? y ya sé si lo he hecho bien o no. Cambia el peso del cuerpo a un pie y ladea la cabeza unos grados, como para captar el oído que escucha desde otro ángulo. Su abrigo es más largo de lo que la noche requiere. Su pelo es oscuro y descuidado y sin atender.

Se da la vuelta.

No es un giro hacia mí. Es un giro que casualmente queda orientado hacia donde yo estoy, y su mirada me atraviesa sin detenerse, como un ojo que repasa una columna buscando un valor que no espera encontrar en esa fila. El recorrido dura menos de un segundo. Su cara no cambia.

Luego camina. Pasando de largo junto a mí, no hacia mí; la esquina del edificio está a veinte pasos y él la toma. El abrigo dobla la esquina y desaparece.

La grabadora está en mi mano derecha. El interruptor bajo mi pulgar permanece en la posición de apagado. Ha estado ahí desde que salí de la residencia esta mañana. La había llevado conmigo por el pasillo de la fábrica de máquinas de escribir y la sala de lectura de la biblioteca y la cafetería donde Mark se tomó un café dulce frente a mí, y ni una sola vez moví el interruptor de una posición a otra.

Él se fue primero.

Yo había pensado mucho durante las últimas veinticuatro horas en cómo sería encontrarlo. No había pensado, hasta que estoy aquí de pie ahora, bajo la mala luz con la contusión palpando donde cuelga la bolsa, en cómo sería para él saber exactamente dónde iba a estar yo y estar allí primero.

El capítulo 2 está listo

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