Miré el aterrador retrato y luego a él. Paradójicamente, el riesgo, el peligro casi mortal, solo me arrastraba más al fondo. No solo veía la locura de Elena, sino el genio que la había engendrado. Yo no era Elena. No me doblegaría.
—¿Dónde firmo?
Regresamos al escritorio. Colocó el contrato frente a mí. Diez páginas de letra pequeña. Comencé a leer. Mis ojos recorrieron la jerga legal, extrayendo la esencia.
Regla n.º 2: La Musa acepta dedicar todo el tiempo al proceso que el Inspirador considere necesario. Las sesiones podrán programarse en cualquier momento, de día o de noche, sin previo aviso.
Regla n.º 3: Se prohíbe a la Musa discutir los términos del contrato o los detalles de las sesiones con cualquier tercero. El incumplimiento de la confidencialidad resultará en la rescisión inmediata y sanciones financieras (incluyendo el fracaso de su tesis).
Regla n.º 4: La Musa acepta acompañar al Inspirador a todos los eventos públicos que él considere necesarios para su «educación» o «inmersión».
...Seguí leyendo. El control era total. Él era dueño de mi tiempo, de mi vida social, de mis emociones. Y al final de todo, justo antes de la línea de la firma, estaba la última y más corta regla.
Regla n.º 7: El Inspirador exige honestidad absoluta y sin filtros.
Tomé el bolígrafo. Su cuerpo pesado y chapado en oro se sentía frío contra mis dedos. Respiré hondo y firmé con mi nombre. Sophia Hayes.
Jared Thorpe tomó el documento, firmó con su propio nombre frente al mío y cerró la carpeta. El sonido fue seco y definitivo, como el clic de una cerradura.
—Bienvenida al proyecto, Sophia —sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. La atmósfera en el estudio cambió al instante. Se volvió densa, eléctrica. El Profesor desapareció y solo quedó el Inspirador.
—Muy bien —dijo, con un tono totalmente profesional—. Tu antigua vida ha terminado. La nueva comienza ahora. Y empezaremos con la honestidad.
Caminó hacia su escritorio y recogió una pequeña caja de terciopelo, del tipo que se usa para joyas caras. Me la entregó.
La abrí. En el interior, sobre seda negra, yacían dos objetos: un grueso diario encuadernado en cuero y una pequeña y elegante grabadora de voz digital.
Lo miré, confundida.
—Estas son tus nuevas herramientas —su voz era uniforme y fría, sin dejar lugar a discusiones—. Regla número siete, Sophia. Honestidad absoluta. Esta es tu primera tarea.
Hizo una pausa, mirándome directamente a los ojos.
—Escribirás en este diario encuadernado en cuero cada mañana. Y grabarás un informe vocal de tus sentimientos en esta grabadora de voz digital cada noche antes de dormir. Me entregarás ambos para su revisión cada cuarenta y ocho horas. Tu primera entrega es el viernes por la mañana. ¿Y, Sophia? Ni se te ocurra mentir. Siempre me entero.
