TaleSpace

Capítulo 3

El escenario a las diez menos cinco estaba iluminado en dos niveles — las luces de trabajo, planas y blancas, desde el grid, y un único lavado cálido que se había quedado encendido desde el montaje anterior y que nadie se había molestado en apagar. Lane se paró en el centro y dejó que el cálido la encontrara. Los zapatos se los había dejado en el ala.

En la tercera fila había un abrigo sobre el respaldo de un asiento. Tweed, oscuro, con forro; no estaba ahí hacía una hora, cuando ella había cruzado la sala vacía camino a la puerta del escenario. Adam estaba en algún lugar del edificio.

Soltó el aire que había estado conteniendo sin saberlo. La acústica se lo devolvió desde la pared del fondo con medio tempo de retraso, como le había devuelto su primera línea ayer. Una sala de trabajo.

Vivien Soul entró desde la sala, no desde las alas. Ya llevaba puesta su ropa de ensayo — pantalones sueltos, una blusa cruzada, un cárdigan sobre ambas — y caminó por el pasillo central como alguien que lo había caminado quinientas veces. En lugar de subir, dejó su bolso en el borde del escenario, dejó una segunda botella de agua junto a la primera, y miró hacia arriba, a Lane, bajo la luz cálida.

—Marsh.

—Soul.

—Leíste para mí la semana pasada.

—En la audición.

—Mm. —Tiró de los puños del cárdigan hacia abajo, cubriéndose las muñecas. — Él va a empezar con la escena del pasillo. No te sientes entre las señales. Odia que la gente se siente entre las señales.

—Gracias.

Era la amabilidad que Vivien le tendría a cualquiera en su lugar, y Lane la aceptó sin darle peso.

Detrás de Vivien, al fondo de la sala, entró un hombre con un vaso de papel. No dijo hola. Tomó el penúltimo asiento de la última fila, sacó un guion del bolsillo interior de una chaqueta gruesa de lana, pasó a una página, y esperó. Cabello plateado, hombros anchos, una quietud que se leía como la economía de un actor en ejercicio. Vivien miró hacia atrás, lo registró sin un parpadeo, y se volvió otra vez hacia Lane.

—Ese es Tom. No intentes hacerlo reír por la mañana. Se convierte en persona después de la una.

—Anotado.

Adam entró por una puerta lateral al frente, ya sin chaqueta, con las mangas remangadas hasta el codo una sola vez, no dos. Subió los cuatro escalones al proscenio, le dijo buenos días a Vivien con una sola mano en su hombro e inmediatamente retirada, miró a Lane y dijo: —Haremos la escena del pasillo. Marsh, estás dentro. Thomas, cuando ella esté lista, hazme el favor de leer a Marcus desde donde estás.

—Con gusto.

—Desde el umbral. Vivien, cruzas en su línea. Marsh, ya has estado en la habitación una hora. Retomamos desde ahí.

Bajó del escenario y recorrió el pasillo central y se dejó caer en la tercera fila junto al abrigo. Cruzó los brazos sin coger un guion.

Lane tomó su posición. A la derecha del escenario de una puerta imaginaria. Las tablas bajo sus pies en calcetines estaban cálidas donde las luces de trabajo las tocaban y frías donde no, y dejó que su peso se asentara a través del suelo como había asentado el peso en escenarios desde que tenía diecinueve años. Puso las manos a los lados. La cara la puso en neutro.

Vivien cruzó desde arriba a la izquierda, dio en su marca dentro de la puerta imaginaria, y dijo su línea.

Lane respondió. Tres líneas pasaron entre ellas. Vivien añadió un pequeño giro en la tercera línea que no había hecho en la cinta de audición, y Lane registró el cambio y respondió hacia donde Vivien estaba ahora, no hacia donde había estado.

—Para.

La voz de Adam subió limpia. No se levantó.

—Marsh. Cuando Soul gira en la línea, ¿qué haces?

—La sigo con los ojos.

—Por qué.

Ella hizo una pausa. —Porque se ha movido.

—Eso es una descripción. Por qué.

La acústica, esta vez, no devolvió nada porque nada se había dicho. Algo dentro de sus costillas hizo una pequeña cosa inesperada.

—Porque estoy intentando leer hacia dónde va.

—Por qué estás intentando leer hacia dónde va.

—Porque... —Dejó que la respuesta subiera. —Porque aún no he decidido si confío en ella.

—Bien. Otra vez. Los ojos van porque los ojos están buscando evidencia. No porque ella se movió.

Sonaba como un hombre trabajando. Repitieron la escena.

La escena duró seis minutos. Los detuvo cuatro veces. Cada detención era una pregunta, y cada pregunta era sobre Lane, no sobre la línea, y cada pregunta requería una respuesta que ella no tenía preparada y tenía que encontrar en el suelo de su cuerpo antes de poder hablarla. Para la cuarta detención había dejado de intentar ser lista. Dijo lo más simple que podía decir. Dos veces él dijo bien. Una vez dijo: „Eso es una conjetura. Prueba otra vez." Una vez no dijo nada y esperó a que ella pasara de su primera frase a la segunda.

Vivien actuaba a su lado como un componente mecanizado. Hubo un momento en que Lane atrapó la mirada de Vivien y Vivien parpadeó una vez, lento, como parpadea una veterana ante una novata para significar: sí, esto es lo que hace él.

A las once cuarenta Adam llamó al descanso. Vivien se fue directa por los bastidores. Thomas se quedó en su asiento leyendo su página. Lane bajó del escenario en calcetines y se detuvo en sus zapatos junto al bastidor y se los puso despacio porque sus manos querían algo que hacer.

Una voz cruzó la sala desde la última fila, baja y bien colocada y sin perturbación.

„Marsh."

Ella se volvió.

Thomas no se había levantado. La miraba por encima del guion. La mirada se sostuvo un compás después del final del llamado — un compás y medio, quizás. Luego, conversacionalmente: „Él va a seguir haciendo eso. Las preguntas. No dejes que te saque."

„Gracias."

„Respondiste bien." Una pequeña pausa, cuidadosa. „La mano."

„¿La mano?"

„La tenías abierta a tu lado en la tercera línea. La mayoría de la gente hace un puño."

„Ah."

„¿Dónde aprendiste eso?"

No lo había aprendido en ningún lugar. Había crecido junto a una persona que lo tenía. Mantuvo su rostro nivelado e hizo que su voz perteneciera a una extraña.

„No tengo ni idea."

Él hizo un pequeño sonido que no era una risa y no era ninguna otra cosa, y volvió a su página.

Ella caminó por el pasillo.

Adam estaba de pie en la tercera fila, no por ella sino porque tenía que estar en algún lugar en los próximos diez minutos y ya se movía hacia allá. Esperó hasta que ella estuvo a la altura de su fila.

„Una cosa." Su voz estaba lo suficientemente baja como para requerir proyección, aunque nada en este edificio requería proyección, porque la acústica lo llevaba todo de todos modos. „Cuando ella se vuelve en la línea — no sigas con la cara. Solo los ojos. La cara se queda en la puerta. ¿Sí?"

„Sí."

„Bien." Su mano encontró el abrigo. „Vete."

Ese fue todo el intercambio. El tipo de nota que un director le da a cualquier actor que pueda usarla. Ella pasó por las puertas al fondo de la sala y salió al pasillo que olía a pintura, como ayer, y estaba en el lado equivocado de relajada antes de haber identificado que había un lado donde estar.

La tarde tuvo dos sesiones más. A las seis, el lavado cálido había sido apagado, las luces de trabajo estaban a la mitad, dos tramoyistas reponían sillas en la segunda fila, y Vivien se había ido a casa con una inclinación de cabeza que significaba que haría esto cada día. Thomas se había ido a las cuatro.

Lane estaba en el bastidor poniéndose el suéter cuando Adam subió por el pasillo.

„Marsh. Dos minutos."

Ella se volvió. Él estaba de pie en el proscenio con una carpeta manila en una mano. La carpeta era del tipo que todo actor en la troupe recibía en algún momento — estándar de Carroll Stage, un pequeño sello azul en la esquina, sin nombre en la pestaña.

„Material para el rol", dijo. „Tenlo para el jueves. Hay un USB dentro. Archivos etiquetados por fecha. No necesitas verlo todo. La audición es la relevante."

„¿La mía?"

„No." Su rostro no cambió. „De alguien que usamos en un papel similar una vez. Para ver cómo lo abordó. Práctica estándar. Hago esto con gente nueva."

„De acuerdo."

Él sostuvo la carpeta a través del proscenio. Ella bajó los escalones y la tomó. Sus manos no se tocaron. La carpeta pesaba lo que pesan las carpetas; la pequeña unidad dentro de ella se desplazó con un sonido leve.

—El jueves —dijo él.

—El jueves.

Él se dio la vuelta y subió por el pasillo sin mirarla de nuevo. Los tramoyistas seguían recolocando las sillas. Ella permaneció al pie del escenario con la carpeta en la mano y el olor a pintura del pasillo impregnado en la ropa.

El camerino de los understudies estaba al final de un pasillo trasero: cuatro espejos, cuatro lámparas, cuatro sillas, las cuatro vacías en ese momento. Ella ocupó la más cercana a la puerta. El radiador bajo el mostrador estaba demasiado alto; el aire tenía ese sabor seco y vagamente metálico del calor excesivo al fondo de la lengua. Dejó la carpeta bajo la lámpara. Sacó el portátil del bolso.

La unidad tenía una etiqueta de papel pegada. La etiqueta llevaba una fecha escrita con una caligrafía que no era la de Adam: administrativa, sin afectación, del tipo que usaba un stage manager. La fecha era de hace siete años y medio.

La conectó.

Se abrió una carpeta. Tres archivos. Dos llevaban nombres de actores que no reconoció. El tercero estaba etiquetado con tres letras y una fecha.

Las tres letras eran iniciales.

Reconoció las iniciales. Se puso los auriculares y hizo clic.

Un cuadro negro dio paso a un plano amplio de un escenario vacío visto aproximadamente desde la tercera fila. Las mismas tablas. Desde el lateral salió una mujer joven con vaqueros y un suéter negro, con zapatos inadecuados para el escenario y el rostro adecuado, caminó hasta el centro, puso una mano en el respaldo de una silla de madera que habían dejado allí para ella, la giró cuarenta y cinco grados y se sentó. Alzó el rostro hacia el frente.

Clara a los veintiocho. Aún no era quien sería: sin pulir, sin ser todavía un nombre pronunciado en voz baja en salas de esta ciudad. El pelo era más largo. El rostro tenía una despreocupación que ya no tendría en ninguna fotografía que Lane hubiera visto de su hermana desde entonces.

Dio su slate. La voz de Clara a los veintiocho era una octava más grave que la voz de Clara por teléfono la noche anterior, y no tenía barniz.

Comenzó el monólogo.

Una página después, a mitad de frase, la línea se rompió en un silencio sostenido. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. La siguiente palabra salió limpia.

La bombilla del espejo sobre el hombro izquierdo de Lane comenzó un zumbido eléctrico bajo que significaba que un filamento se estaba apagando. Llegó a la habitación. No llegó a ella.

La pantalla seguía reproduciéndose. Clara en la silla del escenario seguía moviendo los labios, y las palabras salían en un tono distinto del tono de la noche anterior por teléfono, porque esta era la voz antes de que la habitación le hubiera enseñado a defenderse.

Lane no pulsó detener.

El azul del portátil estaba en su rostro. El amarillo de la lámpara del escritorio estaba en sus manos. Fuera de la puerta del camerino el pasillo había enmudecido, porque los tramoyistas habían terminado y se habían ido, y el edificio se había entregado a su personal nocturno, y el único sonido en la pequeña habitación era la bombilla empezando a fallar y la pequeña voz limpia de una mujer de veintiocho años entregando a su hermana una prueba que no sabía que llevaba consigo.

El capítulo 3 está listo

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