

Wren Farris cobra 3.287,67 dólares al día por ser la esposa perfecta. Acompañante de lujo, experta en galas, cenas y negociaciones empresariales. Sin apegos. Sin intimidad real. Solo una actuación impecable y una transferencia bancaria al final. Pero cuando Cal Brandt le propone firmar un contrato matrimonial de un año, todo lo que Wren ha construido empieza a tambalearse. Cal no pone a prueba sus límites. Los memoriza. Deja exactamente cuarenta centímetros de espacio entre ellos en el coche, aprende cómo toma el espresso y jamás pide más de lo que estipula el acuerdo. Y eso es, precisamente, el problema. Porque en una casa en Bank Street, donde la luz de la mañana tiñe la piedra de gris pizarra húmeda y el silencio dice más que cualquier conversación, Wren empieza a notar cosas que no tienen nada que ver con el contrato. La distancia que él mantiene. La forma en que nunca la cruza. Y la pregunta aterradora que se forma bajo su compostura profesional: ¿qué ocurre cuando la mujer a la que le pagan por no sentir nada empieza a desear lo único que no figura en los términos?